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Mas Futbol | DEPORTIVO 1 - REAL MADRID 2

Cristiano completó el rescate

Su entrada en la segunda parte transformó a un Real Madrid desarbolado en la primera mitad. Kaká, otra vez destacado, hizo el empate. Higuaín, a dos minutos del final, decidió.

Cristiano completó el rescate Ampliar
Kaká celebra con Callejón el primer gol del Madrid. | EFE

Ensayo y error. Para medir la importancia de Cristiano Ronaldo basta con quitarlo del campo y ver lo que sucede. Nada. Nada bueno, para ser más precisos. Así fue la primera mitad del Real Madrid en Riazor. Una nadería que terminó con un gol en contra, aunque pudieron ser más, quizá dos, tal vez tres. Después, con el partido cuesta arriba, llegó la típica revolera de Mourinho. Aspavientos y tres cambios para recuperar la ventaja perdida: Khedira, Özil y Cristiano. Tres cambios que pudieron ser uno que vale por tres, Cristiano. Con eso bastó. Con él y con Kaká, ese meritorio brasileño que tan bien ha respondido al electroshock.

Resultó un partido extraño porque los hechos contradijeron al recuerdo. Por lo que respecta al Madrid, la primera mitad fue lo nunca visto: apenas llegó a la portería contraria. Su única ocasión se registró cuando ya se había cumplido el minuto 45. Callejón controló con ventaja, pero Aranzubía le cubrió con la manta de su camiseta como si el delantero estuviera ardiendo.

Fue el primer pase con éxito de todos los que lanzó el Madrid a la espalda de los centrales. No encontró otro modo de atacar la ordenadísima defensa del Deportivo. Y el asunto no es nuevo. Ante rivales que se esperan y se defienden con pulcritud, el equipo de Mourinho descubre una debilidad que el afamado entrenador no ha resuelto en dos años y medio. No existe imaginación. Ni dinamismo que la fomente. En ocasiones, la movilidad de Cristiano nos confunde y queremos pensar que sus desmarques forman parte de un movimiento colectivo y ensayado. No es así. Sin opciones de lanzar el contragolpe, y sin Cristiano sobre el campo, el campeón se empequeñece. Modric no es solución y Essien no finge serlo.

Con ese panorama, Kaká intentó agitar el mediocampo, pero en una jugada reveladora terminó por levantar los brazos, desesperado, ante la falta de alternativas de pase. Sólo Callejón lo intentaba. Sin embargo, su esfuerzo resultaba incomprendido. Sus desmarques eran tan inútiles que parecían series de velocidad, ajenas a cuanto sucedía en el campo.

El Depor, entretanto, sacaba brillo a sus virtudes, que las tiene. Visto lo de ayer, su problema es exclusivamente anímico. Protegido en su campo, el Deportivo salió a la contra como se esperaba que lo hiciera su rival: ágil, preciso, ambicioso. En esas maniobras Valerón jugó un papel fundamental. Con un solo toque es capaz de dar a pausa o de meter prisa, de auxiliar a un compañero en apuros o de abrirle un camino. Tipos como él hacen que los equipos se sientan seguros. Valerón es el San Bernardo con el barril de coñac de las postales de los Alpes.

Al extraordinario talento de Valerón se sumó ayer el indescifrable ingenio de Riki, un delantero que a veces parece rudimentario, pero que de tanto en cuanto deja rastros de futbolista especial. Digamos que tiene una zurda que no se corresponde con su cuerpo de estibador, o un cuerpo excesivo para su zurda de seda. Riki fue Van Basten. Lo hizo todo bien; perfecto, diría. Adelantó al Deportivo con la inestimable colaboración de Diego López y fue capaz de desquiciar a Pepe como muy pocos jugadores han conseguido.

Mourinho, tan amigo de las revoleras, dejó pasar diez minutos del segundo tiempo antes de revolucionar a su equipo con tres cambios: Khedira, Özil y Cristiano entraron por Marcelo, Essien y Modric. Callejón, de lateral derecho. La transformación fue inmediata. El Deportivo fue cediendo metros y el Madrid comenzó a acumular oportunidades.

El empate era cuestión de tiempo y no tuvo que transcurrir demasiado. Kaká marcó desde la frontal con uno de esos tiros que le pertenecen, disparos con el interior de la bota diestra, percutidos y pellizcados, de altísima efectividad cuando van entre palos. No creo fabular en exceso si digo que Kaká quiso agradecer al entrenador que no le incluyera entre los damnificados por la revolución, como tantas veces le ha pasado.

Pronto quedó claro que el Deportivo no tendría aire para tantos minutos. Ya no se enfrentaba al rival de la primera mitad, sino al Madrid campeón, el que todavía aspira a Copa y Champions, el que dispara sin desenfundar.

Kaká también puso su sello en el gol decisivo. Carvalho recuperó y el brasileño prolongó en profundidad hacia Cristiano, desarrollando la idea, marcando el camino y activando la granada. Higuaín, por último, empujó a puerta vacía. El Madrid había roto el embrujo con dos palmadas.

Hasta ahí llegó la aventura del Deportivo, ahogado a tres minutos de la conclusión. Le costará librarse del recuerdo de los goles fallados en la primera parte, cuando su adversario era humano, cuando Cristiano reposaba en el banquillo, cuando el mundo era hermoso, aunque fuera mentira.

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