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Liga de Campeones | REAL MADRID 1 - MANCHESTER UNITED 1

Old Trafford dictará sentencia

Baño del Madrid en la primera mitad y muchos apuros en la segunda. Wellbeck adelantó a los de Ferguson y Cristiano Ronaldo empató.

Old Trafford dictará sentencia Ampliar
Cristiano Ronaldo salta con Van Persie. | JuanJo Martin

Nunca desprecies un escudo con un diablo. Ni a los equipos con leyenda, ni a los fantasmas que les dan aliento. En la Champions importa tanto el presente como la historia, y el Real Madrid lo sabe mejor que nadie. Por eso fue un acto de soberbia infravalorar al Manchester United por algo tan circunstancial como su defensa con andamios o su centro del campo troglodita. Son el Manchester y esto es la Copa de Europa. Quedó claro anoche, y de salir con vida, jamás volveremos a dudar. Carguen balas de plata y dispónganse a matar a cuatro veces al United porque con una no bastará.

Recién terminado el partido, las sensaciones son contrapuestas. Lo que pareció un baño del Madrid durante muchos minutos se transformó luego en un paseo por el filo de la navaja, medio cuerpo colgado del área y medio cuerpo asomado al vacío. Pudieron ocurrir tantas cosas al final que el empate se aproxima bastante a la verdad: habrá que resolver este entuerto en Old Trafford, no podía ser de otra forma, cómo pudimos ser tan ingenuos, cómo no advertir el diablo del escudo, el tridente, las canas de Ferguson.

Llegamos a pensar que las tablas de la primera parte eran mentira. El empate no hacía justicia al entusiasmo del Madrid ni a su multitud de ocasiones. Desde el primer minuto y hasta el tiempo añadido, el equipo de Mourinho encadenó hasta quince oportunidades, incluido el gol y un tiro al palo (Coentrao, 5’); también pueden sumar un penalti a Di María. La cadencia era asombrosa, constante el goteo. Cada vez que el Manchester se estiraba, el Madrid castigaba su atrevimiento con una salida fulgurante y una lluvia de puñales. Desde el primer instante quedó claro que la banda de Rafael era un filón. El joven lateral brasileño (22 años) todavía no conoce el oficio, ni la maldad. A su cabeza volátil y florida se une un cuerpo demasiado inconsistente, ni rápido ni afilado, más bien rechoncho. Cristiano atacó por ese flanco en los primeros minutos, le siguió Özil y por allí pasaron también Coentrao o Di María. Aquello, más que una banda, era una fiesta de cumpleaños.

Insisto: no se le pueden hacer reproches a la actitud del Madrid. Al minuto, Khedira ya había disparado a puerta. A los tres, probó Di María. Después retumbó el palo de Coentrao. Luego, un cabezazo de Sergio Ramos. Lo extraño es que el Manchester no se encogía, ni aparentaba miedo. Es como si entre sus planes estuviera sufrir mucho, navegar en mitad de la tormenta. Los ingleses se veían acorralados cada cinco minutos, pero llegaban a la portería de Diego López con cierta facilidad, ágiles en el desplazamiento, impulsados por Rooney, Van Persie o Welbeck. Este último fue el factor sorpresa del Manchester. No se le esperaba, o se le recordaba mal (internacional de 22 años, presente en la pasada Eurocopa), y su despliegue físico fue una constante amenaza para la defensa madridista.

Los temores se confirmaron cuando Welbeck cabeceó a gol un córner, favorecido por el enredo de Ramos, más pendiente de la guerra que del marcaje. No fue una ducha fría lo que cayó sobre el Bernabéu, sino el Mar del Norte servido con cubitos de iceberg. No era justo, ni razonable. Costó entender que aquello era, simplemente, el Manchester, un gran equipo que se desperezaba. Antes de comprenderlo totalmente, Welbeck acarició el segundo gol con la uña del dedo gordo de su pie derecho, la uña que nunca debió cortarse.

El Madrid se sacudió el golpe como Rocky los puñetazos de Apollo Creed: moviendo la cabeza y besándose los puños. Y regresó a su discurso: atacar y atacar, correr y correr. Ganar por juego o por asfixia. O por Cristiano. Estaba por cumplirse la media hora, cuando Di María repitió la jugada que valió el gol y el título en la prórroga de la final de Copa contra el Barça, ustedes recordarán. El balón voló parecido desde la banda zurda y Cristiano despegó igual, o tal vez mejor. Suspendido en el aire, trazó el cabezazo perfecto, o mejor sería decir el cuerpazo ideal, pues en el remate intervinieron todos los músculos de su cuerpo de pantera. Ya con el Bernabéu en su punto de ebullición, Özil tomó el relevo de Cristiano y puso a prueba los excelentes reflejos de De Gea, que sólo mostraba debilidad por alto. Llegó entonces el penalti no señalado de Jones a Di María, y se sucedieron las oportunidades: llegadas en tromba, tiros de Cristiano, rugidos del público, asedio vikingo.

La segunda mitad fue todavía mejor. El Manchester surgió todavía más serio y afilado, consciente de que su segundo gol sería letal. El centro del campo se convirtió a partir de ese instante en una zona de paso donde nadie gastaba demasiado tiempo. Di María volvió a intentarlo y el United contestó con un contragolpe que pudo terminar en drama: Varane derribó a Evra cuando se marchaba en solitario. Por fortuna para el Madrid, al árbitro le pilló la jugada en un largo pestañeo.

Según pasaban los minutos, De Gea se fue adueñando del partido. Sus paradas, diez, cien, mil, tenían más peso que los ataques del Madrid. Los porteros tan inspirados acaban minando la moral de los atacantes, que en lugar de ver la red sólo vislumbran la palomita. Y las dibujó de todos los tipos De Gea. La mejor, problablemente, le permitió despejar con los pies un remate de Coentrao en el segundo palo.

El cansancio del Madrid, agotado de pegarse contra el saco, acercó más al Manchester. Fue el tiempo de Van Persie, el asesino elegante. Diego López tocó lo sufiente para desviar uno de sus disparos al larguero. Acto seguido, fue Xabi Alonso quien sacó su remate mordido bajo palos.

Sin apenas darnos cuenta, el duelo se había igualado y la eliminatoria estaba pareja hasta el milímetro, hasta se agradeció que el árbitro pitara el final cuando el Manchester se disponía a sacar un córner. Continuará en Old Trafford y para ese día el equipo de Mourinho tendrá que agarrarse al escudo tanto como al contragolpe, la corona y la banda morada, lo que tanto aterra a Europa y lo que tanto eleva al Madrid.

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