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Liga BBVA | ZARAGOZA 1 - REAL SOCIEDAD 2

El orfeón donostiarra desnuda al Zaragoza en media hora

El partido apenas duró media hora, la que tardó el conjunto donostiarra en endosarle dos goles a un Zaragoza que continúa con su nefasta racha en casa.

Mario Ornat
El orfeón donostiarra desnuda al Zaragoza en media hora Ampliar
El delantero camerunés del Real Zaragoza Henri Bienvenu lucha un balón con el centrocampista de la Real Zaragoza Xabi Prieto, durante el partido de la vigésimo tercera jornada de Liga de Primera División disputado esta tarde en el estadio de La Romareda. | Javier Cebollada

La Real Sociedad deshizo de arriba abajo al Zaragoza en La Romareda. De las siete derrotas en casa que ha acumulado el conjunto de Manolo Jiménez (estadística que compone un augurio terrorífico se mire por donde se mire) ninguna ha resultado tan extensiva y coral como la del conjunto de Montanier. Apenas pasada la media hora de juego, la Real tenía un jugador y dos goles más que el Zaragoza: Carlos Vela había sido el responsable de casi todo. Produjo el pase a Griezmann que el fino exterior blanquiazul convirtió en el primer tanto, provocó las dos entradas de Héctor y su expulsión, en disputas en las que el mexicano llegó un poco antes que el chico del filial llamado a filas por Manolo Jiménez; y extendió por el partido una impresión nítida de superioridad con pases, cambios de lado, trabajo y combinaciones que subrayaron el estado feliz de la Real Sociedad. Es cierto que todo lo ocurrido en esa media hora fue viento a favor para el equipo donostiarra, pero la Real lo manejo durante la hora restante de partido con una compostura lujosa. Sólo el penalti anotado por Apoño ya en el descuento, cuando la derrota era un hecho, preocupó a Claudio Bravo.

Jiménez le había dado vueltas toda la semana a la baja de Abraham y le otorgó una enorme importancia porque, en su necesidad de que el equipo aragonés cambiase de forma radical su trayectoria en casa, quería un lateral ofensivo, que atacara a la Real Sociedad con sus mismas armas y que pudiera contener el juego torrencial del equipo de Montanier de medio campo adelante. Paredes era el recambio teóricamente natural, pero Jiménez lo prefiere ahora de defensa central y la ausencia de última hora de Loovens le recortó opciones. Pudo meter ahí a José Fernández, cambiado de banda, pero optó al final por Héctor, un chico del Zaragoza B que ya había debutado en la Copa del Rey, en otro partido turbulento para el Zaragoza en Sevilla. A los 13 minutos, Héctor vio la primera amarilla por una disputa abajo, enérgica, con Carlos Vela. No hubo gravedad en la intención, pero el mexicano le ganó la carrera y, en su intento de golpear la pelota, Héctor alcanzó al hombre. Nueve minutos más tarde, el lateral perdió otra carrera contra Vela, fue abajo a retarlo y lo derribó. A continuación hubo de salir del campo. Su gesto, cubriéndose la cara mientras cruzaba el rectángulo de camino al vestuario, sintetizó la desgracia de su primer día en la élite. Y el calvario que aguardaba al Zaragoza.

La Real Sociedad jugó al fútbol, a partir de esos incidentes y aun antes, como si viera todo en panavisión, en una pantalla gigante. Illarramendi y Bergara, particularmente el primero, dominaron todo el centro de operaciones del choque. Con Xabi Prieto metido por dentro, Montanier ha hecho de la seda del donostiarra un arma aún más afilada, una fórmula de conexión con el agitador Agirretxe, con el mismo Vela y desde luego con Griezmann, que juega muy bien sin la pelota para buscar los espacios. En uno de esos le llegaría, enseguida, el pase del mexicano con el que batió a Roberto. Era la primera llegada de la Real Sociedad, otro signo de su buen aura en el choque. Después de la marcha de Héctor, Jiménez retiró a Movilla, dejó en el medio al pródigo Romaric junto a Apoño y metió a Fernández en el lateral. El resto de los de atrás —Sapunaru, Álvaro y Paredes— se corrieron un paso a la izquierda en la zaga.

A esas horas, el control que Vela hacía del partido era insoslayable. Batía a su contrario en cada reto, intercambiaba posiciones con Xabi Prieto, ensanchaba el terreno de juego y cruzaba balones combados para alimentar a Agirretxe. Se dice Vela, pero fue una actitud general de la Real Sociedad, que no permitió nada a Postiga, Montañés o Víctor, los atacantes del Zaragoza, y que se movió alrededor de la pelota con gran armonía. Por eso, Agirretxe disfrutó de una fila de oportunidades incontables. No fue el único. Roberto le sacó algunas a él, también a Griezmann y a De la Bella, que se animó con mucha oportunidad al ataque desde su lateral y contó dos acciones francas de gol. El segundo de la Real, sin embargo, lo haría el delantero centro, como corresponde. Bajó un balón caído al costado izquierdo del área y, desairando la floja vigilancia de Fernández, un jugador que ataca mejor de lo que defiende, ganó el tiempo preciso para sacar un remate diagonal, a media altura, que restalló contra la red de Roberto. Un gol hermoso que, de hecho, terminó el partido. Aunque fuera el minuto 33.

Ya no hubo casi nada más que contar. O todo fue lo mismo: un largo epílogo de una hora en el que el Zaragoza se hartó de exhibir su impotencia y que la Real manejó con tranquilidad y pasajes brillantes. Desde el punto de vista del Zaragoza (o de su gente, que es la que paga el abono para regresar a su casa con una decepción cada vez más frecuente y amenazadora), la derrota de ayer no tuvo nada que ver con los triunfos escuetos del Valladolid, el Málaga, el Getafe o el Celta. Aquellos equipos fueron avispados oportunistas de los errores, el temor local o la fortuna arbitraria. La Real no. La Real extendió su dominio por cada rincón del choque. Una vez más, hay que insistir: se le puso todo de cara, es cierto, pero no permitió ni el más mínimo optimismo al Zaragoza, que jugó planchado toda la tarde. Si el debut de Héctor en la Liga resultó traumático, la vuelta de Romaric ofreció a un jugador con un algo más de chispa física cuando tuvo la pelota, pero todavía lejos de las exigencias para un futbolista que ha de controlar el mediocampo y aligerar el juego de los suyos. Nombrar culpable a Romaric, sin embargo, resultaría injusto. Un exceso. El Zaragoza no dio para nada.

Bienvenu, que entró en la segunda mitad, no aportó otra cosa que sospechas. Una vez echó fuera, sobre la raya, un balón que iba casi dentro, tocado de cabeza por Romaric. Suerte que el camerunés, Bienvenu, estaba en fuera de juego y eso obliga a no considerar la jugada, pero resultó una muestra que los más escépticos no desecharán. Rochina, mientras, apareció por primera vez en casa en una situación complicada. Al menos obligó con un zurdazo raso, sin mucha pimienta, a mancharse la ropa a Claudio Bravo. El Zaragoza sólo descontó de penalti. Falto de profundidad, superado atrás, delante, por fuera y por dentro, escaso de profundidad y de respuestas, tuvo que anotar gracias a una torpe pena máxima de Bergara a Hélder Postiga. La única concesión de la Real Sociedad en más de 90 minutos. Apoño la metió y el partido vio su final. La Real Sociedad, con su fútbol cristalino, ya pisa Europa. Al Zaragoza lo salva del barro ese gol final del Valencia al Celta en su partido del sábado, pero las amenazas en la clasificación se le hacen cada día más notorias.

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