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Copa del Rey | REAL MADRID 1 - BARCELONA 1

Varane da vida al Madrid

El central francés, impecable, empató un partido en manos del Barcelona que se adelantó con un gol de Cesc en el segundo tiempo. El Madrid hizo daño a la contra.

Juanma Trueba
Varane da vida al Madrid Ampliar
Raphael Varane celebra el gol del empate del Madrid. | JAVIER SORIANO

El Madrid salió vivo del Clásico y el Barcelona se marchó con la sensación de oportunidad perdida, tantas fueron las ocasiones que tuvo para sentenciar el pase a la final, oportunidades de la que pesan y se recuerdan chasqueando mil veces la lengua. El gol de Cesc tiene el valor de una bala de plata, pero el de Varane sirve para reconstruir la autoestima de un equipo que gozará de los espacios infinitos del Camp Nou. Si algo quedó demostrado es que no hay factor campo, ni posibilidad alguna de que este duelo no sea maravilloso, formidable y apasionante.

Podríamos afirmar que el partido repitió la emoción de tantos Clásicos, pero no sería del todo cierto. Además, descubrió una estrella: Raphael Varane. Después de barrer las calles de la ciudad, el exquisito central francés de 19 años se puso el traje de superhéroe y empató un partido que estaba en manos del Barça. En plena angustia madridista y con el rival encadenando oportunidades, Varane apareció en la frontal del área contraria para cabecear un pase de Özil, pero no de modo accidental o arrebatado, sino con una perfecta combinación de técnica y fuerza, poderoso y picadito, imparable en definitiva. No lo necesitaba porque ya se había ganado el cielo. Sin embargo, quiso ir más allá, arriesgar, multiplicar la hazaña, salir a hombros, destaparse para siempre. Ya no habrá quien lo siente sin sentirse culpable. Cuantas veces oiremos a partir de ahora esa historia de Sevilla y las sillas que desaparecen.

Todo resultó excepcional porque cada pedazo escondía un tesoro. El milagro de la primera parte es que terminara con empate a cero. Xavi estrelló un balón al larguero y luego vio cómo el susodicho Varane le sacaba un tiro bajo palos. El Madrid se aproximó hasta tres veces con verdadero peligro, en cada caso a medio metro del gol. En dos de esas oportunidades, se aprovechó de robos a Xavi Hernández, extrañamente mortal y ligeramente lento. Tal y como estaba previsto, el Barça jugaba sobre el filo de la navaja, como si el rival fuera otro cualquiera y su presión una más.

La realidad era (es) otra bien distinta: no hay toro como el Madrid. Y se comprobó muy pronto. A los ocho minutos, Puyol perdió por empeñarse en jugar allí donde desaconsejan los manuales y se infartan los entrenadores. El Bernabéu lo celebró con una algarabía, pues en ese trance se sabe superior.

Lo asombroso es que al Barcelona no le importan los sustos, o será que le fascinan las películas de terror. Hasta en las situaciones más comprometidas, le domina ese empeño por comerse las gambas con cuchillo y tenedor, esa obsesión por hablar en verso, por no guarecerse cuando jarrea. En cierto modo es una forma de dandismo. Asumir que están haciendo algo incomparable y creer que todo lo podría arruinar un patadón. La sensación, llegado el Clásico, es que el Barça lo pasa peor de lo que podría. En su afán por convertir su juego en una de las bellas artes, hace del fútbol un deporte de riesgo que debería patrocinar Red Bull.

El Barcelona tardó diez minutos en que el Madrid le soltara las solapas. Acicalado de nuevo se cepilló el frac y comenzó a tocar el balón como le gusta, como si la pelota fuera un bebé al que hay que dar palmaditas para que libere los gases. Es difícil calcular las secuelas en quien persigue el balón y chupa el escaparate de la pastelería, pero tiene que haberlas, y deben estar calculadas por el Barcelona para arriesgarse tanto. Sin embargo, el control del Barcelona, en esos largos minutos, apenas le aproximaba al gol. Es curioso. Mientras el Madrid ha perfeccionado el contragolpe hasta el extremo, el Barcelona tiende a despreciarlo. Lo suyo, de hecho, es el anticontraataque. La idea es no enviar embajadores, sino desplazar al pueblo entero, colonizar al equipo contrario. Esa es la razón por la que, en bastantes ocasiones, Messi debe esperar refuerzos comiéndose un helado en la frontal del área. Sucedió varias veces en la primera mitad.

No hubo reproches a los porteros en esa primera toma de contacto, y tampoco en los siguientes. Casi no había transcurrido un minuto cuando Pinto ya había repelido un durísimo disparo de falta de Cristiano, uno de esos cometas que vuelan haciendo eses. De inicio, Diego López gastó más vidas que guantes. El larguero le salvó del gol tras tiro de Xavi y Varane acudió a su rescate para enmendar bajo palos el estropicio de Carvalho. Varane nos demostró después, y a lo largo del partido, que en esa acción no tuvo una pizca de suerte. Insisto: cuesta recordar un mejor central en un Clásico, uno más rápido, más sereno, más inteligente en la colocación, superviviente ante tantos peligros. Quizá sólo se le acerque Piqué, ayer mismo. De no ser por Varane, y de no existir Piqué, el resultado habría incluido más goles y los delanteros hubieran terminado mucho más felices.

Entretanto, Messi y Cristiano libraban una batalla pareja, pero escasamente brillante. Y no empezó así la historia. La salida del portugués fue olímpica: rondó el gol, forzó la amarilla de Piqué y sembró una plantación de pánico. El desarrollo del partido no le ayudó en nada, porque el Barça se asentó y los espacios se fueron borrando. Pese a todo, pudo marcar en el 60’, solo en el segundo palo y confundido por un error de los centrales, también burlado por un balón que volaba rasante. El camino de Messi fue el inverso, aunque idéntico el resultado. Su participación fue de menos a más y su cuchillo vivió junto al cuello del Madrid en la segunda parte, aunque nunca llegó a recortarle la barba. Se obcecó en regates improbables y, ya enredado, se miró demasiadas veces en el espejo.

El Clásico no se vio afectado, sin embargo. Este duelo es demasiado grande, demasiado rico y demasiado intenso como para depender de dos jugadores, aunque sean los mejores del mundo. Ellos volverán y el Clásico seguirá siendo lo mismo: el mayor espectáculo del mundo y el más incierto de cuantos existen.

 

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