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Zaragoza y Espanyol riñen con el fútbol y acaban en triste empate

Mal partido en La Romareda, con más expulsados (Javi López y Sapunaru) que ocasiones claras. Debutó Petrov y el Zaragoza no espabila en casa.

Mario Ornat
Zaragoza y Espanyol riñen con el fútbol y acaban en triste empate Ampliar
Los barullos protagonizaron un mal partido. | Carlos Mira

El partido se presentó con toda la sintomatología propia de las situaciones perentorias y no abandonó esa línea en toda la noche. En lugar de ganar algo de fútbol, sólo creció en asperezas, lo que terminó por dejar a los dos rivales con diez jugadores y sin ningún premio, salvo si se considera como tal el punto. Puede que el Espanyol le tenga más aprecio al desenlace, por su condición de visitante y porque Aguirre cuenta ya ocho partidos con una sola derrota. Y fue con el Barça, que duele pero tiene casi bula. La trayectoria le alcanza para defender una dinámica de mejora y mantener un dique contra el pesimismo con el que arrancó la temporada perica. Para el Zaragoza, el empate significó la continuación de un periodo en el que su fútbol ha entrado en un atasco de ritmo, ideas y ejecución que lo tiene varado, cada día más a merced de la amenaza de la zona baja: de los 30 puntos que se ha jugado en casa, ha sacado diez. Su tendencia no se corrige.

Los dos equipos manejaron el balón con aprensión, más pendientes de los rigores tácticos y de las pequeñas batallas. Aguirre, como cualquiera, sabía que al Zaragoza no se le da muy bien defender los saques de esquina contra su portería, así para empezar el Espanyol se puso a tirar córners, a ver si... Stuani había aparecido en la banda derecha, enmascarado en todos los sentidos. El uruguayo consiguió con su actividad que su nombre fuera el más repetido de ese primer tramo y casi del choque. Pero nadie impuso ningún brillo. Zaragoza y Espanyol, más que jugar al fútbol, riñeron al fútbol. Y en lugar de los firuletes brillaron los tacos que anhelan tobillos y las tarjetas, que nunca son tantas como las que piden los futbolistas. Quejarse de las tarjetas y pedir tarjetas son dos actos que se anulan entre sí, pero los futbolistas lo practican con encomiable insistencia. 

Stuani forzó una amarilla de Abraham, con el que mantuvo un duelo sostenido que empezó con la pelota, siguió al agarrón y acabó en palabras. Ya en la segunda parte, Pérez Montero hubo de bajarles la temperatura y avisarles que en su garito no se hablaba de política. En el mientras tanto, el uruguayo generó la primera de varias apariciones notables en el área. Postiga había rematado en perpendicular a Casillas y luego, en una jugada de remates desordenados,Víctor Rodríguez estuvo a punto de encontrar portería. El partido había salido del anquilosamiento estratégico y tomó algo de velocidad, aunque no iba a ningún lado. Nadie se ordenó los pies lo suficiente.

Hubo un largo pasaje en que Sergio García pareció adueñarse del escenario. Hasta la media hora, permanecía casi inédito: Álvaro lo tenía sujeto con una argolla invisible. Lo acosaba en la recepción, advertido de que cualquier imprudencia defensiva anima las aceleraciones del delantero, que requiere atención exhaustiva y personalizada. Su aparente palidez inicial dejó paso a un par de fogonazos. Escapó en cuanto acertó a controlar la pelota y girar con ella. Orientado hacia la meta contraria, salió rodeado de tres o cuatro defensas y se abrió camino como el que desbroza un bosque. En el área, sin embargo, los remates se le evaporaron.

Cualquiera podría haber vaticinado de antemano que el encuentro iba a estar huérfano de Apoño y Verdú, los dos generadores de juego. Aunque parezca un lugar común o una explicación parcial, en cierto modo fue así. El partido nunca caminó hacia la claridad. Conforme se adentraba en minutos decisivos, insistió en su indisimulada mediocridad. Lo habría de resolver una acción residual o aislada. O un balón parado, figura preferida del entrenador moderno. Stuani fue quien más cerca estuvo otra vez de gritar gol, cuando Capdevila le puso en la cabeza un balón que Roberto manoteó. Casi a continuación, a Víctor Rodríguezse le atragantó otra vez el remate en la boca del gol, a la salida de un córner; y Zuculini disparó de manera inopinada un rechace y no lo embocó de milagro, previa carambola en un defensa.

Entre el desafío latente de Sergio García, que acabó ganando Álvaro, y el voluntarioso alboroto del Zaragoza, el partido se fue hacia el final hecho un parte de sucesos. Cristian Gómez se lesionó al poco de entrar. Debutó Petrov. La expulsión de Javi López pudo abrir once minutos de arreón final al Zaragoza, pero casi a continuación Pérez Montero cerró el círculo al enseñarle su segunda amarilla también a Sapunaru. Todo quedó en nada. El partido fue una discusión bizantina en la que, al final, nadie tuvo razón.

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