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Copa del Rey | ZARAGOZA 0 - SEVILLA 0

Zaragoza y Sevilla deciden jugarse la Copa a un partido

Emery debuta en La Romareda con un empate sin goles, escaso de fútbol, ocasiones y emoción, que deja todas decisiones de la eliminatoria para la vuelta en el Pizjuán.

Mario Ornat
Zaragoza y Sevilla deciden jugarse la Copa a un partido Ampliar
El centrocampista del Real Zaragoza Paco Montañés se disputa el balón con el defensa del Sevilla "Coke" Andujar, durante el partido de ida de los cuartos de final de la Copa del Rey disputado esta noche en La Romareda. | Javier Cebollada

Avisados de la longitud de la eliminatoria, Zaragoza y Sevilla dedicaron el partido de ida a ahorrar más que a invertir. El torneo de Copa viene envuelto un calendario feroz para los equipos de clase media, los que no pueden permitirse rotaciones que le aseguren una continuidad del rendimiento. Eso obliga a este patrón de eliminatoria en la que, en el primer partido, todo el mundo trata de no equivocarse más que de acertar; o de diferir los riesgos y no exponerse más de la cuenta. Que no ocurra nada que no sea susceptible de ser solventado en el choque de regreso. El ciclo se reitera conforme avanzan las rondas: nadie se excede en la presión sin la pelota ni hay quien incurra en exageraciones rítmicas con ella. El vértigo inherente a este torneo queda para el tramo final o para el segundo encuentro. Así fue el primer choque de Unai Emery en el banquillo del Sevilla y así terminó: en empate sin goles. Con apenas algunas escaramuzas de Navas por un lado y dos disparos de Postiga por el otro. Pura escasez.

El primer saque de esquina del Zaragoza tuvo lugar en el tiempo de alargue del encuentro. Fue jaleado por la semidesierta grada zaragocista con el júbilo que merecía una noche tan poco generosa. Naturalmente, acabó en nada. Palop metió un puño arriba y el encuentro se murió sin arco argumental ninguno. En realidad la anecdótica jugada del córner final servía de resumen, porque casi todo el peligro vino generado en acciones más bien directas, de poco recorrido. Un pasecito filtrado por Medel a Negredo a la sabrosa espalda de la defensa aragonesa prometió otra cosa a los 20 minutos. Pero era fuera de juego. El delantero vallecano siguió la jugada y anotó. Dijo que no había oído el silbato. Puede que fuera verdad: pero al rato empezamos a pensar si no habría sido por darse el gusto de ver el balón entrar, anticipando lo que venía después, la aridez del choque en ataque, las pocas ocasiones para enfrentarse al portero. Negredo apenas dispondría de otra ocasión algo después, cuando logró provocar una fatal indecisión de Álvaro en un pelotazo frontal, pero la remató muy lejos. Y Maduro, de cabeza a la salida de una falta que tocó Rakitic, encontró un camino similar para meter algo de inquietud en el área del Zaragoza, pero no el gol.

El Sevilla estaba más vivo de lo que parecía hace sólo tres días. Dígale quien quiera efecto Emery, pero seguramente tuvo más que ver con la descompresión del cambio en el banquillo, con la reactivación de voluntades que esos procesos suelen inocular a los equipos. En cualquier caso, el Sevilla dio la impresión de tener algo más de vuelo durante ese tiempo, cuando el Zaragoza parecía aplanado. Jiménez había dado descanso a Loovens, Montañés y Zuculini, y las apariciones de Javi Álamo y Wílchez en las bandas ratificaron las sospechas, el sentido de su papel secundario en el equipo. Álamo aún ofreció algún detalle técnico considerable. Wílchez se fue cambiado sin haber dejado ni la más mínima huella en el partido. Hélder Postiga vivió de lo que daba la tierra, apenas nada.

Hasta la segunda parte, cuando el Zaragoza quiso acelerar un tanto sus pulsaciones y el portugués se fabricó un par de disparos furiosos que Palop repelió con aprensión, el equipo de Jiménez se movió como un peón por el adoquinado del ajedrez: de cuadrito en cuadrito. Maduro y Medel, cada uno en su estilo, tenían cierto mando en el centro. Rakitic aparecía guadianesco, como Reyes, aunque dejando gotas de clase. El partido, en general, tenía más restas que sumas. El Sevilla propuso algo más de control y sobaba la pelota para dar esa impresión. Su peligro, sin embargo, vino en la explotación de su camino más natural, el que escapa a cualquier idea estratégica: las carreras de Jesús Navas por la derecha y sus centros, abajo o arriba, al meollo del área. Salvo por un remate residual de Negredo a la media vuelta, esa veta fue la que aproximó al conjunto de Emery frente a Leo Franco. Pero Álvaro, un chico siempre atento en clase, los interrumpió todos, negándoles los remates en llegada al propio Negredo y a Reyes.

El liviano extremo del Sevilla acabaría el repertorio con un balonazo que se le fue arriba. Aunque los dos técnicos trataron de desanudar un tanto el encuentro en los últimos minutos con Manu del Moral y Montañés, el partido se fue por el mismo camino que había venido: el de la decisión en Sevilla. Cuando Emery ya haya podido afectar un poco más el juego de su equipo. Cuando Jiménez, por fin, vuelva al Pizjuán y pueda sentarse en el banquillo del que fuera su estadio. Y cuando ya no le quepa a ninguno más remedio que ir de frente y adelante, a por esa Copa que tanto dicen querer y que ayer prefirieron jugarse otro día. A un partido.

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