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Liga BBVA | Real Madrid 2 - Espanyol 2

El Madrid se columpia

El Espanyol sobrevivió al vendaval de la segunda mitad y empató al final. El equipo de Mourinho volvió a fracasar en la defensa a balón parado.

Juanma Trueba
El Madrid se columpia Ampliar
GOLEADOR. Cristiano volvió a reencontrarse con el gol, pero el delantero portugués no fue suficiente para derrotar ayer a Espanyol. |

No hay muchas formas de puntuar en el Bernabéu. Adelantarse pronto es una opción, pero poco recomendable. Los goles en contra enfurecen al Real Madrid y su ira, habitualmente, no se aplaca hasta el cuarto o quinto gol. Así hubiera ocurrido ayer, de no haber tenido el Espanyol un portero tan formidable como Kiko Casilla, un muchacho de la cantera madridista con unas condiciones extraordinarias.

Sin embargo, la fantástica actuación de Casilla (al que quizá le pesó el apellido en su juventud, o le faltó una ese, quién lo sabe) no basta para justificar el empate. El Madrid ha ganado partidos así en noches similares y ante grandes porteros. El problema es que el campeón ha perdido el ángel, y asumo que la explicación es poco científica. Lo que antes era una exhibición de pegada, ahora se ha convertido en un ejercicio gimnástico, en una pista americana. Los marines completan el ejercicio, pero no hay rastro de música, ni de coreografía, ni de sentido lúdico. Se diría que el Madrid ya no es un equipo feliz.

Mourinho, responsable de todo lo bueno, también es culpable de mucho de lo malo. No hay cabeza amueblada que resista durante tres años su táctica de la guerra permanente. Tampoco funciona su estrategia de la reprimenda pública, ni sus castigos ejemplares, casi siempre parciales. Es injusto penalizar a Di María por un mal partido, o a Özil por ser como es. También parece ventajista marginar a Kaká y luego culparle a él de los problemas del equipo.

Las querencias y las fobias de Mourinho ya son incontrolables. Si en Vigo sustituyó a Nacho en el descanso, sin merecerlo, ayer sentó a Modric a los 45' sin que hubiera razones para el cambio. Al contrario, Modric, autor de media docena de buenos pases y de un tiro al palo, había sido el mejor de la primera parte.

Rebelión. Es normal que los futbolistas se desconcierten, y donde se observa más claramente es en las jugadas a balón parado. Es ahí, cuando toca aplicar el dictado del entrenador, cuando los soldados se bloquean. En cierto modo es una rebelión inconsciente, un síntoma del hartazgo, un acto de pacifismo. También podría ser miedo a fallar. El futbolista que se equivoca, especialmente si se trata de Ramos o de Casillas, sabe que será señalado en público y en privado.

Después de adelantarse con un magnífico gol de Sergio García, el Espanyol comprobó que marcar en el minuto 30 sigue siendo demasiado pronto. El asunto tiene mucho que ver con la determinación de Cristiano y su disconformidad con los marcadores adversos. Cristiano es un jugador que se lo toma todo a pecho y con sus pectorales se lo puede permitir. A diez segundos de que se cumpliera el tiempo añadido, empató con los tacos de la suela y con los de la boca.

En la segunda mitad, y de vuelta de ese gol, se desató el huracán del Madrid. Como sería el vendaval que Coentrao marcó con la derecha y Di María se hizo perdonar pecados hasta la siguiente centuria. Casilla, entretanto, evitaba la goleada, con más talento que suerte. Palomitas de palo a palo, salidas de portero argentino, planta de guardameta alemán.

Fue en los últimos minutos cuando el Espanyol alejó el pánico y empezó a disfrutar de su mínima derrota. De pronto entendió que el resultado era magnífico, pues le mantenía con vida. Entonces comprendió cuál es el mejor método de puntuar en el Bernabéu: disimular, hacerse el muerto. Los diez metros que ganó los perdió el Madrid y las ocasiones se precipitaron a balón parado. Albín, Capdevila y otra vez Albín, que ya no perdonó.

Apenas quedaba tiempo para reaccionar y no hubo reacción, sólo confusión, necesidad de nuevas órdenes: ¿a quién toca odiar ahora?

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