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Iago Aspas mintió con su edad para fichar por el Celta de Vigo

A pesar de que pueda parecer todo lo contrario, Iago no tuvo precisamente un camino de rosas. Su carácter díscolo dentro del terreno de juego cansaba a sus técnicos.

Clemente Garrido

En Balaídos es imposible encontrar a una sola persona que cambiara a Iago Aspas por Cristiano o por Messi. Seguramente el moañés nunca gane un Balón de Oro, pero tiene algo que jamás tendrán el portugués o el argentino: lleva el escudo del Celta grabado a fuego en su alma. Y el celtismo ya lleva a Iago en su corazón. Desde pequeño tenía claro cuál era su sueño y no le importó mentir en la edad cuando fue a hacer las pruebas a las instalaciones de A Madroa con tan solo ocho años. En las categorías inferiores únicamente aceptaban niños mayores de nueve años, y esa fue la edad que les comunicó a los técnicos encargados. Evidentemente, y a pesar de ser el más pequeño de un enorme grupo de chavales, fue aceptado al instante. Al llegar a casa se sintió culpable y necesito confesarse. Sus padres llamaron al club para comunicarle la edad real, pero al Celta no le importó lo más mínimo. Iago estaba destinado a vestir de celeste y empezó antes de lo permitido.

A pesar de que pueda parecer todo lo contrario, Iago no tuvo precisamente un camino de rosas en las categorías inferiores. Su carácter díscolo dentro del terreno de juego llegó a cansar tanto a sus entrenadores que el club decidió enviarle cedido cuando era juvenil. Se fue al Rápido de Bouzas, un equipo de barrio vigués, y la amenaza del club fue tajante: "O cambias o no vuelves". Menos mal que el delantero no les hizo caso, porque cambiar a Iago sería perder la esencia de un futbolista único. De hecho, él lo tenía más claro que nadie y en aquellos días difíciles en el que sus amigos intentaban animarle, él ni se inmutó. "Tranquilos, yo sé que voy a jugar en Primera", les espetó a algunos compañeros de equipo que se quedaron perplejos. Iago es un ganador y cuando se le mete algo en la cabeza es difícil que no lo consiga.

Pretendientes. Eso sí, nada tiene que ver su temperamento en el césped con su actitud al abandonar el estadio. Es un chico tranquilo, familiar y amigo de sus amigos. De hecho, esa es una de las principales razones por las que parece complicado pensar que algún día pueda abandonar Balaídos. Eso, y su profundo celtismo, claro está. Aunque el Valencia, entre otros, ya le anda rondando. Su cláusula es de 10 millones de euros, pero para convencerlo necesitarán algo más que un cheque plagado de ceros. Iago es un chico independiente que depende más que nadie de sus seres queridos. Se compró una casa en su Moaña natal, pero desayuna, come y hasta se ducha en casa de su madre. Incluso sacrifica la siempre recomendada siesta para pasar más tiempo con sus amigos. Es el aire que necesita para respirar. Sin su gente al lado, ni un balón es capaz de hacerle feliz.

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