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Liga BBVA | REAL MADRID 2 - ATLÉTICO DE MADRID 0

Cristiano alarga la racha

Gol, asistencia y dos tiros a palos del crack portugués del Real Madrid. El Atlético duró quince minutos. Özil marcó el segundo y confirmó el dominio absoluto del Madrid.

Juanma Trueba

Dicen que en estos tiempos confusos se hace difícil ser del Real Madrid, pero resulta mucho más complicado ser de cualquier otro equipo de fútbol. Quien pintó a la esperanza de verde equivocó el color. Existe una inercia cósmica en favor de los futbolistas de blanco y del escudo cruzado con una raya morada. Especialmente, cuando el rival es el Atlético. En ese caso, el fútbol deja de jugarse con los pies para disputarse con la mente, hasta el punto de que importa tanto el talento como la confianza. Ayer volvió a quedar claro que el Atlético tiene algo menos de lo primero y nada de lo segundo. Trece años después, la espada sigue anclada en la roca.

Ya no es que el Atlético sea un rival más o menos cómodo para el Madrid. Es que se ajusta milimétricamente a sus necesidades. Anoche, por ejemplo, ejerció de muñeco quitapenas. Permitió la recuperación del mejor Cristiano y nos devolvió la versión más brillante de Mourinho, impecable en la motivación y en el planteamiento.

En la conclusión fue un derbi como tantos, pero se permitió algunos detalles diferenciadores. Diego Costa asumió desde el primer momento el papel de Falconetti, hermoso homenaje a todos los malos de película que en el mundo han sido. Su primer objetivo, aun antes que el gol, fue desquiciar a Pepe, y, dado que le sobran las energías, continuar con Sergio Ramos y Xabi Alonso, al que marcaba en los movimientos defensivos. Como es bien sabido, y quedó demostrado la pasada temporada en Vallecas, Diego Costa es el único delantero del mundo que no tiene miedo a Pepe ni a ningún objeto cortante; hablamos de alguien que podría hacer nudismo en el escaparate de una ferretería.

Se vieron choques de todo tipo, se observó un cabezazo de Diego Costa a Ramos (preventivo, que diría la US Navy) y se leyeron en los labios de los protagonistas insultos de los que ofenden de verdad, como "feo", "cabezón" y otros. Durante los minutos menos inspirados del Atlético, Diego Costa sostuvo la moral de su equipo y se convirtió en el único peligro para el Madrid, amenaza física y química.

Alguien dijo de Alex Ferguson que era capaz de "iniciar una pelea en un bar vacío", pero la ocurrencia encaja mejor con Diego Costa, al menos con el Diego Costa de ayer. Lo extraordinario es que, superado el asombro inicial, los tipos duros del partido se sintieron convocados a la pelea y la disfrutaron enormemente. El juego subterráneo fue tan abundante que daría para dibujar un mapa del metro y en él tuvieron cabida desde las artimañas más feroces a las más infantiles, del crochet de izquierda al pellizco de monja.

Ruido. Ahora, con cierta perspectiva, diría que el Atlético se perdió, en buena medida, por ese sumidero. La táctica complementaria se convirtió en táctica principal, y la obsesión por el gol dejó paso al empeño por expulsar al contrario. Diego Costa, que pretendía librar una guerra invisible, terminó por acaparar todas las miradas y ni siquiera sus compañeros pudieron dejar de mirarle.

Luego, o antes que nada, está el primer gol del Real Madrid, naturalmente. Arda nunca se arrepentirá lo suficiente de la frivolidad que lo provocó. En pugna con Cristiano, y sin paciencia para domar la pulga que ambos se disputaban, el turco se colocó la pelota con la mano. Más que un delito, fue una travesura, como la del niño que estrena con el dedo la tarta de chocolate, pero resultó mortal.

De pronto, Cristiano se encontró con una falta en el lugar que hubiera elegido y, probablemente, ante el portero deseado. Courtois, un guardameta del que nadie duda, es ligeramente dudoso cuando se enfrenta al Madrid y, concretamente, cuando le apunta Cristiano. En su miedo no hay fantasmas ni traumas infantiles; sólo goles rotundos, cuatro para ser precisos. Por no mencionar los habituales disparos a los palos, los dos últimos en los minutos 74 y 77 del partido de ayer. No debe resultar sencillo concentrarse cuando la portería tiembla más que tú.

Cristiano, que no marcaba de falta desde su última visita al Calderón, trazó ante el mismo portero de entonces el lanzamiento perfecto. Habrá que pensar que, entre derbi y derbi, se dedica a hacer prácticas de tiro, a calibrar su fusil. Nada pudo hacer Courtois ante ese fogonazo que superó la barrera al estilo Fosbury y penetró en la portería a media altura. Sin embargo, la terrible sensación es que nada hubiera hecho ante un tiro menos ajustado, como si el pánico le dejara siempre a medio metro de la pelota.

Destino. El Atlético, un año más, y después de quince minutos irreprochables, se encontraba en el punto de partida: por detrás. Y lo que es peor, sin argumentos a los que agarrarse. Para incidir en la tortura milenaria, Casillas había salvado poco antes lo que hubiera sido gol ante cualquier otro ser humano con guantes: Falcao remató a quemarropa y a Iker le saltó el brazo incorrupto como el muelle de un colchón.

Si el destino no es eso, se le parece muchísimo. Una corriente oceánica que retiene a unos y empuja a otros. Sin necesidad de ver ninguna tarjeta roja, el Atlético dejó de estar entero después del gol. Arda, por ejemplo, se vio atrapado por un manojo de culpabilidades y no volvió a aparecer, no fuera a ser que su mano tuviera vida propia e independiente. Courtois comenzó a transmitir inseguridades y desde allí hasta Falcao se propagó la convicción de que este año también sería imposible.

En el Madrid, justo lo contrario. Probablemente nos hallamos ante el único equipo capaz de jugar al fútbol en mitad de un tiroteo. La ley de la calle, por cierto, recomienda no pelearse contra tipos más fuertes, especialmente cuando saben que lo son.

Xabi se liberó de las cadenas y según el campeón fue recuperando el mediocampo, el Atlético lo fue perdiendo todo. En la segunda mitad apenas quedaba rastro del magnífico equipo que ha aguantado el ritmo del Barcelona.

Özil marcó el gol de la sentencia, provocado por el pánico que generan Cristiano y Benzema. Hacia ellos corrió la defensa del Atlético en masa, olvidando a Özil como quien olvida un paraguas. Cristiano advirtió el descuido y el paraguazo entró dando botes.

El resto fueron cánticos de victoria y de confirmación. Quien quiera sentirse joven no tiene más que ver un derbi. No pasan los años.

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