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Messi mantiene la cordura

El 'hat-trick' del argentino salva los puntos para el Barcelona en un choque loco en el que llegó a mandar 0-3, 2-4 y 3-5. El Deportivo, siempre en el partido. Pésimo arbitraje de Paradas.

Si el Barcelona gana la Liga se acordará de Riazor, de su instinto de supervivencia, de su capacidad de sufrimiento... y de Leo Messi, claro. El Barcelona suma 22 puntos de 24 porque no está fallando donde falló la pasada temporada, porque se pone de su lado lo que en el último campeonato se le escapaba. De Pamplona a Sevilla y de ahí al órdago a grande, el más difícil todavía en Riazor, donde se jugó un partido circense, inexplicable, tremendo. Fue a la vez un buen partido y un mal partido y fue terriblemente extraño. Por eso fue un espectáculo descomunal, emotivo y emocionante, lleno de fallos gruesos y destellos estelares. Un guión imposible de imaginar ni antes ni durante: puro fútbol.

Y si el partido fue puro fútbol el partido fue puro Messi, que es fútbol. En medio de una locura disparatada Messi puso la cordura a base de poner la magia, así son los genios. Marcó tres goles, los tres últimos, y parcheó todas las debilidades de su equipo, las bofetadas de la fortuna, las lagunas defensivas y los errores de Paradas Romero. El primero con un zurdazo a la escuadra, el segundo con un disparo seco y cruzado con la derecha y el tercero con un slalom marca de la casa, de los que recordaremos siempre que hagamos memoria cuando ya no pisé los cambios este maravilloso superdotado: evitando rivales, evitados tarascadas, retorciendo sombras y definiendo con instinto afilado. El Barcelona sólo fue el Barcelona a ratos y el partido sólo fue comprensible a medias, o ni eso. Pero Messi fue Messi de cabo a rabo. Y el Barcelona ganó: cuatro de cuatro a domicilio, espantado el virus FIFA y con siete vidas para sobrevivir a sus propios temblores en la retaguardia. Por eso ganó y por eso manda en la Liga.

El Deportivo marcó cuatro goles y terminó volcado sobre Valdés, un milagro después de verse 0-3 en el minuto 17, ausente mientras el Barça daba un recital, sin robar un balón y sin tapar un espacio, regalando la zona de tres cuartos y los pasillos interiores. Por ahí se hartó de jugar Cesc, que hizo de Xavi y que dio tres asistencias de gol, maravillosa a Messi en el tercero, trascendental la primera a Jordi Alba, que abrió el partido poquito después del pitido inicial. Después de Alba marcó Tello y después Messi, sesión de baño y masaje en camino hasta que sucedió lo imposible, canalizado por Paradas Romero, cuyo arbitraje pésimo resultó casero en muchas faltas y que se inventó el penalti del 1-3, cuando el Deportivo vagaba moribundo, la falta del 2-4 a la vuelta del vestuario y, un par de minutos después y con toda la segunda parte pendiente, la expulsión de Mascherano. Las tres jugadas tuvieron a Riki como áctor secundario a golpe d fingimiento y piscina: le funcionó. Pero hubo más: Messi marcó el 3-5 con menos de un cuarto de hora por jugar y un pestañeo después Jordi Alba marcó el cuarto en propia puerta. Todo difícilmente explicable, todo al servicio de un final precioso por tenso.

El Barcelona se puede escudar en la mala suerte: Messi lanzó una falta a la escuadra y sus triangulaciones rozaron otros dos o tres goles. Y desde luego se puede escudar en Paradas. Pero también deberá revisar los errores de una defensa que terminó formada por Montoya, Song, Adriano y Alba. Inseguridad, imprecisión y preocupante contagio de Valdés, que se tragó el 2-3 en un disparo de Alex Bergantiños y que encajó el tercero en una falta (bien tirada) por su palo. Transparente el portero y demasiado premiado un Deportivo que vivió del espíritu canchero de Riki y de las caídas a banda de Pizzi (dos goles). Mucho premio y poca ambición con uno más y cuando el Barcelona estiró sus rondos en inferioridad durante el segundo tiempo. Para entonces ya habían entrado Pedro y un Xavi que galvanizó a su antojo esos minutos de máximo peligro. Villa, titular por fin, pasó desapercibido e Iniesta estuvo extrañamente impreciso. Iniesta, como Valerón o Messi, acabaron con tarjeta. Así es Paradas Romero, cuyo arbitraje fue una lotería desnortada que casi le cuesta cara al Barcelona. De no ser por la jerarquía de Cesc primero y Xavi después y por la genialidad de Leo Messi, la única gran certeza de un partido extraño, loco y, de una manera casi exótica, hermoso.

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