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Liga BBVA | Sevilla 1 - Real Madrid 0

Feliz Sevilla, triste Madrid

El equipo de Mourinho encajó un gol al primer minuto y no se recuperó jamás. Asfixiante presión sevillista y rápidas contras. Modric disparó al poste

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ENFRENTAMIENTO. Fernando Navarro e Higuaín se encararon tras una jugada al inicio de la primera parte. El madridista respondió a un codazo con una patada.

Sólo hay algo peor que un mal comienzo y es no comenzar nunca. Así se encuentra el Madrid en Liga, en los tacos de salida. A ocho puntos del Barça y sin comprender las razones del atasco. O ha decaído el interés de los jugadores o el discurso de Mourinho ha perdido efectividad. Tal vez la Décima sea el único estímulo posible después de haber ganado los otros torneos en juego y haberse dejado jirones de piel. Falla el fútbol y falla la motivación, la alegría; al final tenía razón Cristiano.

El arranque de ayer es la perfecta demostración del desconcierto. En un minuto, el primero, un susto y un gol. Un gol de estrategia, para mayor dolor. Primera página del manual. Nada por aquí y todo por allá. Jaque pastor. Trochowski se vio tan solo que llegó a pensar que el partido era en otra parte; también lo creyó Di María, encargado del marcaje. A partir de entonces, los nervios, las prisas y la algarabía, que diría el presidente.

A los dos minutos se rompió el balón, un desgarro. Dios no podía enviar más señales sin ser descubierto. A los tres minutos, Higuaín debió ser expulsado por propinar una patada a Fernando Navarro, que nada hizo salvo desplegarse como una navaja suiza (como casi siempre): si no te pincha el sacacorchos te cortan las tijeras.

En los cinco minutos siguientes no ocurrió nada, hasta que en el noveno Cristiano probó dos veces los reflejos de Palop, primero con un tiro de falta, duro y centrado, y después con un disparo lejano y con bote venenoso. Los gorilas que se golpean el pecho no hacen tanto ruido. Es lógico que el estadio enmudeciera por un momento.

La sensación, en ese instante, era que el Madrid sería capaz de domar el partido si controlaba sus nervios. La realidad es que no consiguió ni una cosa ni la otra. Gran parte de culpa la tuvo el Sevilla, conste. Primero ganó la batalla física y después llenó el campo de los clavos que había prometido Míchel. Presión, rabia, interés máximo. Y plan. La estrategia era la del tirachinas: tensarse atrás para salir volando. Navas era el guijarro.

El visitante verdoso no encontraba ni espacios ni sosiego. Le picaba todo el cuerpo, como si el verde climacool fuera verde franela; cada vez que quería rascarse, llegaba el rival y le frotaba en otro sitio. El infierno debe ser algo así: llamarte Madrid y sumar cuatro puntos en cuatro jornadas.

Roja. Al borde del descanso, Di María, que ya había sido amonestado, mereció la roja por lanzar un puñetazo a Rakitic, intacto por poco. Undiano mostró amarilla al sevillista por su empellón y en ese punto interrumpió la administración de justicia. Paz y amor.

Mourinho reaccionó como suele y tras el descanso dio entrada a Modric (por Di María) y Benzema (por Özil). Mejoró el equipo porque el croata aportó frialdad y sensatez en medio del incendio. Lo extraño es que también creció el Sevilla, más afilado en las contras.

Un disparo de Modric acabó en la madera tras rozarlo Palop. Negredo se llenó de balón luego y Ramos cabeceó alto cuando tenía la portería rendida. Intercambio de golpes, sí, pero ni rastro de la superioridad del campeón, 2-6 hace un año. Hoy parecen diez.

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