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Liga BBVA | Barcelona - Real Madrid

La Liga bipolar se decide como debe: cara a cara

Cristiano y Messi protagonizan el otro Clásico, el de los cracks.

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HABRÁ LLENO EN EL CAMP NOU. Ayer se pusieron a la venta en taquilla y se agotaron las últimas entradas disponibles para ver en directo en el Camp Nou el Clásico que decide la Liga. Habrá lleno absoluto (96.336 espectadores) y se prevé que funcione la reventa en los aledaños del estadio.

Si cada Clásico necesita un nombre para distinguirlo de los demás, el de hoy, el 11º que disputan el Barcelona de Guardiola y el Real Madrid de Mourinho (cinco victorias del Barça, tres empates y un triunfo madridista), es el Clásico de la Liga o el Clásico del Sadismo. En este combate, emparedado entre dos batallas cruentas, no sólo está en juego el título. De las secuelas físicas o anímicas podría depender el futuro de ambos en la Champions, la competición suprema.

Diríamos, por tanto, que hay un Clásico que se juega en la cabeza de los entrenadores, otro que lo condiciona el cansancio y uno más que lo disputan Messi y Cristiano, dos islas que son continentes.

Iremos por partes y comenzaremos por los técnicos. Puestos a analizar la disposición ofensiva (o defensiva) del Madrid no hay que olvidar que al líder le vale el empate. Tampoco conviene perder de vista los antecedentes de Mourinho en el Camp Nou. Jamás ha ganado allí, ni con el Chelsea, ni con el Inter, ni con el Madrid. Su partido más célebre lo disputó al frente de los interistas: jugó a no perder y empató (Etoo terminó de lateral izquierdo), lo que eliminó al Barça. Con el Madrid, en su primera visita, salió a jugar y se llevó cinco. Después, la valentía siempre ha estado forzada por resultados adversos en la ida. Buena imagen sin victorias.

¿Cómo jugará entonces Mourinho? Quién lo sabe. Algo está claro, sin embargo: el reciente ejemplo del Chelsea, capaz de ganar al Barça (1-0) a partir de un catenaccio más Drogba, se presenta como una tentación arrebatadora.

Dilema. En el dilema del trivote o el 4-2-3-1, defender o atacar, Coentrao aparece como un símbolo de la obstinación del técnico y de su predilección por determinados jugadores (los de su agente, para ser concretos). El dato es demoledor: en las cinco derrotas del Madrid esta temporada, Coentrao jugó los 90 minutos. La evidencia es que no existe equipo de gala sin Marcelo.

Todo lo que acecha al Madrid, al Barcelona le amenaza doblemente. El empate no le sirve y la derrota lo elimina. La menor fortaleza física de sus futbolistas más determinantes podría importar aunque nunca importó. Xavi no se encuentra a gusto, Iniesta alterna luces y sombras, Pedro está lejos de Pedrito, Cesc anda perdido y sobre las espaldas de Messi recae la creación y la transformación, el universo entero. Ni siquiera Piqué, primo de Zumosol, parece en condiciones de acudir al rescate, aunque volverá al once. Sólo resisten Puyol y Busquets...

Esencia. Para complicar más aún el panorama, Alexis está dolorido después de un choque con Terry y ayer se entrenó en solitario. Pese a todo, hará lo posible por jugar. El toque, sobre todas las cosas. La movilidad y el desmarque, defender con balón y morir cantando. Guardiola hubiera podido ser director de la orquesta del Titanic.

En cierto modo, es como si el destino hubiera querido despejar de interferencias el duelo Messi-Cristiano, 41 goles por barba. Tan justo como que la Liga bipolar se decida en un enfrentamiento directo, es que los dos mejores futbolistas del planeta ajusten cuentas cara a cara y en el momento en que menos parecen contar sus acompañantes. Empatados a goles y ambiciones, sin marcar en sus últimos partidos (situación insostenible) y con el Balón y la Bota de Oro por resolver. Así es el undécimo Clásico. No hay quien dé más. Ni quien quite tanto.

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