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Liga BBVA | Real Madrid 3 - Sporting 1

Mucho récord, poco fútbol

El Madrid igualó los 107 goles de la Quinta en un partido discreto. Cristiano ya suma 41 tantos en Liga. El Sporting resistió durante 73 minutos.

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AGRADECIDOS AL MADRIDISMO. Tras la victoria por 3-1, los jugadores del Madrid saludaron a los 75.000 espectadores desde el centro del campo del Bernabéu.

Si ganar es lo esencial, ganar está conseguido. Si los títulos mandan, seguiremos firmes. Si cuentan los goles, contaremos 107 antes de empezar a hablar. Porque el Madrid venció, se aproximó otro paso hacia el campeonato e igualó, a falta de cinco partidos, aquel registro goleador que creímos insuperable. Si eso es lo importante, todo quedó cumplido. Preparen el confeti porque este Madrid será un campeón histórico y Mourinho más importante, incluso, que Toshack.

Si importan los modos, la felicidad del ganador no puede ser completa. Más allá de la victoria, del récord igualado, de la fortaleza de ánimo y del gol 41º de Cristiano en Liga, queda una sensación de cocina sucia, de poco fútbol y demasiados nervios.

Contra el Sporting, un equipo en puestos de descenso, dolorido y apaleado, Mourinho escenificó uno de sus conocidos arrebatos de cólera, gesticulante y provocador, groseramente excesivo. Habrá quien diga que lo hizo para reactivar a su equipo y levantar el ánimo del estadio. El Sporting se había adelantado en el marcador después de un penalti de Sergio Ramos y el líder sufría un atasco monumental ante la ordenadísima defensa de su adversario. Si el entrenador se enfureció por eso tiene en poca estima al Madrid y en mucha al Sporting. También sobrevalora el ruido, la ira, la confusión.

El problema de su equipo no se localizaba en la furia, ni en la gentileza de Ramos al tirar fuera un balón por observar a un rival tendido en el césped; este acto convulsionó al técnico sobremanera.

El embotellamiento tenía como origen la ausencia de Xabi Alonso y, en directa consecuencia, la lentitud de Sahin y la incapacidad creativa de Khedira. Sin profundidad ni paredes, el dueño del estadio no encontró forma de superar la barrera del Sporting. Tan fácil. Ni árbitro, ni conspiración judeo-mediática.

Culpar al Sporting de defenderse obsesivamente o al árbitro de su pánico racheado, son ganas de ladrar a la luna. Cada uno se comportaba como sabía y podía. Quien andaba por debajo de su nivel era el Madrid, equivocado en los mediocampistas y en el plan.

Lo terrible es que entre el gol de De las Cuevas y el empate del líder se produjo una reyerta que algunos considerarán clave en la remontada. Del banquillo del Sporting salió un balón para perder tiempo y Pepe lo devolvió con rudeza. Con ese fuego se prendió Mourinho y su cuadro de actores. Aún calentaban esas brasas cuando Higuaín cabeceó un excelente pase Sergio Ramos, convertido en centrocampista de emergencia.

Agotados. Di María y Benzema entraron luego por Sahin y Callejón. Y el Sporting los sufrió tanto como el cansancio. Los pulmones suelen ser los primeros enemigos de las tácticas impecables. Cristiano acabó con el debate al cabecear a gol un pase de Di María. Al rato, Benzema dejó su firma al aprovechar un pase de Özil, tan profundo, que abrió una línea de metro.

Hay dos tipos de personas que son dos tipos de aficionados. Los que abren la hamburguesa antes de hincarle el bocado y los que evitan levantar la tapa para no perder el apetito. Unos y otros acaban comiendo. Pero no les sabe igual.

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