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FA CUP | LIVERPOOL 2 - EVERTON 1

Carroll vale una final

El delantero del Liverpool da una tremenda exhibición y clasifica a su equipo para la final de la FA Cup con un soberbio gol de cabeza. Jelavic hizo el tanto del Everton y Suárez empató.

Fernando López

El Liverpool es un equipo hecho para la épica. A pesar de su decepcionante campaña en la Premier, donde es octavo y apenas tiene opciones de entrar en Europa, el conjunto de Kenny Dalglish siempre da la talla en los momentos clave. No es un equipo que destile fútbol, ni es un conjunto que dé la sensación de estar cómodo en el campo. Tampoco es atractivo lo que hace sobre el césped, porque normalmente se siente perdido tanto si tiene la pelota como si se desfonda en buscarla. Pero es, por encima de todo, el Liverpool y en él se encuentra a jugadores como Andy Carroll, Luis Suárez y Steven Gerrard. Futbolistas capaces de cambiar el curso de un partido e, incluso, una competición. En eso se escudó el Liverpool para ganar la semifinal de la FA Cup ante el Everton (2-1), su archienemigo. De esta forma, los reds jugarán su segunda final del año tras vencer al Cardiff City en los penaltis de la Carling hace apenas un mes.

El partido fue lento, lejos de lo apasionante que se espera de una semifinal de FA Cup y más si se tiene en cuenta a los contendientes. Nadie quiso la pelota, por lo que el ritmo y las ocasiones brillaron por su ausencia durante todo el choque. De primeras, al Liverpool le tocó llevar la incómoda iniciativa, pues el Everton se adelantó temprano gracias a un afortunado tanto del croata Jelavic, pura insistencia hecha futbolista, tras un lamentable despeje de Carragher y un rebote en su compañero Cahill. El error del veterano central puso las cosas feas para su equipo. El Everton no es un equipo que se doblegue con facilidad. La asfixiante presión que practica durante 90 minutos es la prueba de que es un equipo tremendamente rocoso, sin apenas fisuras en el apartado físico de sus futbolistas; las técnicas se desenmascaran cada vez que se les exige darle forma a cualquier jugada. Toda vez que el Everton se plantó en todo el campo haciendo casi un marcaje al hombre, el Liverpool tiró de recursos, de garra y de potencia tras una primera mitad calamitosa.

Es en ese momento cuando Carroll está en su salsa. Nadie le gana un solo salto, porque nadie tiene más ganas de darle a la pelota que él. El impresionante derroche de fuerza del delantero es la representación perfecta del delantero inglés. Todo balón que volaba por Wembley, era golpeado por Carroll. Con mayor o menor acierto, el delantero dirigía constantemente sus cabezazos a Luis Suárez, el socio perfecto. El uruguayo, peleado consigo mismo y con todo el que pasaba a su alrededor, parecía perdido entre mil carreras, batallas y placajes con Heitinga. Pero su obstinación suele darle frutos. Tras el enésimo toque de Carroll con la cabeza, Suárez persiguió un balón por pura fe. En ese momento, Distin decidió devolverle el favor del primer gol al Liverpool y realizó una cesión a su portero. El pase nunca llegó al meta, pues Suárez lo interceptó y, sólo ante Howard, batió al meta estadounidense. En ese momento, el partido se inclinó claramente de lado del Liverpool. El Everton, muy cómodo agazapado, se enfrió al no oler el balón. Fue una decisión propia, porque su rival no demostró verdaderos recursos para dominar. Pero a la postre significó su muerte.

El ejecutor no podía ser otro que Carroll. Y el final no podía ser otro que bordeando el descuento y el terrible drama que siempre da una prórroga. Discutido como pocos por la grada de Anfield, Carroll se quitó de encima todas las críticas que se ensañan con él. Una falta del irreductible Gerrard desde la banda izquierda le encontró en el área. Más bien, él buscó la pelota. Entonces, el delantero, que había perdonado previamente, tocó sutilmente el balón con la cabeza y batió a Howard. El soberbio gol, lejos de dar justicia al marcador, fue digno del partido que había realizado Carroll. Su equipo no lo merecía, pero él sí que se había ganado el premio. No sólo el de la final, sino tal vez el merecido reconocimiento de Anfield y de toda Inglaterra.

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