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champions league | nápoles 3 - chelsea 1

Lavezzi gobierna el vértigo

Dos goles del argentino, genial, y otro de Cavani remontan el tanto inicial de Mata en un partido eléctrico lleno de intensidad y fallos defensivos. El Nápoles fue mejor. Fernando Torres no jugó.

Nápoles es el sur de Italia, un estilo de vida entre el peligro y la alegría. Nápoles es algo totalmente distinto a la capitalina Roma y opuesto a la jerarquía del norte, Turín o Milán. En lo geográfico, en las maneras, hasta en la gastronomía. Y en el fútbol. Nápoles, después de una época demasiado larga y demasiado oscura, es la caldera de San Paolo, cubil irreductible que empuja a su equipo, tensa al rival hasta la psicosis y adora a Ezequiel Lavezzi.

Le adora porque San Paolo sabe un par de cosas de adorar a argentinos -adoró al más grande- y porque el Pocho es un futbolista distinto, criado en Santa Fe pero criado para Nápoles: un artista con alma de ladrón, un genio a veces disoluto de aspecto pendenciero y talento exquisito. En una colisión que dignificó unos octavos de Champions hasta ahora sin excesivo lustre, Lavezzi fue el mejor jugador sobre el campo, el que acaparó miradas (se llama carisma) y el que dejó las mejores pinceladas de fútbol y dos goles que descoyuntaron a Villas-Boas y su Chelsea, al que separa de la extremaunción noventa minutos en Stamford Bridge.

Lavezzi dirigió a su equipo y domó el vértigo de un partido roto, de ritmo abrasivo y cuchillos largos. Un partido de malas defensas y ataques en manada, un choque de estilos que no fue tal porque uno lo tuvo, el Nápoles, y el otro no, un Chelsea cuya plantilla ya jugó sus mejores partidos y sin las piezas necesarias para jugar como jugaba el Oporto de un entrenador ahora en la lona. Sin las piezas y quizá sin el hambre. En el banquillo del Chelsea empezaron Cole, Lampard, Essien o Torres, con Terry lesionado. Pensar en esos nombres hace no tanto y pensar en ellos ahora explica lo que el Chelsea debería pero no termina de hacer: repensarse.

El fútbol premió a San Paolo y premió a un Nápoles cándido en defensa pero con un estilo, un plan y unos jugadores idóneos para llevarlo a cabo. Su propuesta es la de las sirenas que según las leyendas griegas poblaron una vez sus costas, atraer al rival hasta que se estrelle, sumiso, contra las rocas. El Nápoles regala el balón, presiona, roba y teje ataques letales en segundos. Con Inler como propulsor, Hamsik como lanzadera, Lavezzi como artista y Cavani como dinamitero. Son armas de equipo duro, bien pensado y peligroso como una piraña en eliminatorias a doble vuelta. Su lunar fue que concedió demasiado en su portería y su mérito levantarse al gol de Mata y generar casi una decena de ocasiones descomunales. Marcó tres, Cech salvó otras tantas y un par se fueron al limbo, la mejor salvada por Cole bajo palos.

El Chelsea fue un juguete en el primer tiempo, con el balón pero sin profundidad ni ideas, sin defensa, sin jerarquía en el centro del campo y sin llegada. Sin oler el partido y tras dos paradas sensacionales de Cech, se adelantó con un oportuno remate de Mata tras error garrafal de Cannavaro, el hermanísimo, que le habilitó ante De Sanctis. Después, en el segundo tiempo, tuvo más el balón y tuvo ocasiones. Usó a Essien y Lampard, la vieja guardia, pero no recurrió a Torres ni en plena emergencia. Durante algunos minutos aspiró a un resultado mejor pero en el global del partido mereció un castigo como el que recibió o incluso mayor. Lo mereció y lo rondó con un centro del campo plano y una defensa de chiste, un coladero con momentos circenses de jugadores trabajadores pero limitados (Ivanovic, Cahill) y otros muy reputados hace no tanto (David Luiz, Cole).

Por los cambios y la actitud en los últimos minutos pareció que Villas-Boas firmaba el empate y enviaba una solicitud de clemencia a Stamford Bridge, que decidirá la eliminatoria. El Nápoles aguantó atrás cuando tocó el equipo inglés y fue un cuchillo en cada salida a la contra. Cavani perdonó primero pero marcó el segundo al borde del descanso con un remate de raza con el hombro. Antes y después apareció Lavezzi, que tejió salidas de víbora y quiebros de lobo, que empató el partido con un disparo perfecto desde la frontal e hizo el tercero remachando una contra en la que fallaron Cole, David Luiz y Cech: fallaron todos. Pero esto es la Champions y lo que hoy es negro quizá en tres semanas sea blanco. O azul. El Chelsea se juega la temporada y Villas-Boas el proyecto ante un rival terrible en campo contrario y con el marcador a favor. Un Nápoles duro que sigue soñando tras su regreso a la elite. Por raza, por ideas y por un jugador distinto: Ezequiel Lavezzi, gobernador del vértigo.

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