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SPORTING 0 - REAL MADRID 3 | LIGA BBVA

Di María hace funcionar al Real Madrid

Decimocuarta victoria consecutiva de un Madrid práctico, pero inexpugnable. Un fantástico Di María marcó el primer gol y le regaló a Cristiano el segundo. Marcelo puso el broche.

El Real Madrid pasó por Gijón sin Xabi Alonso y con Coentrao en el lateral derecho, una metáfora de lo que es este equipo, al que nada parece alterarle, ni los rivales ni sus propias alineaciones. Todo lo superó el Madrid, un conjunto tan sólido como práctico, que sin ofrecer un juego vistoso mandó de principio a fin a un Sporting sin fútbol ni iniciativa, y se presentará en el Clásico contra el Barcelona como líder sólido de la Liga y 14 victorias consecutivas. Lo que ahí suceda ya será otra historia que, probablemente, nada tendrá que ver con lo ocurrido hasta ahora. En ningún encuentro tienen menos peso los antecedentes inmediatos que en un Madrid-Barcelona.

Sobresalió por encima de todas la figura de Di María, goleador y asistente, desatascador en momentos de confusión. Marcó el primer gol y asistió en el segundo a Cristiano. El argentino desequilibra cuando galopa por la banda, pero destroza defensas cuando se va al centro y se lanza a dibujar pases a sus compañeros. La obra la completó Marcelo, que puso la firma a su buen encuentro con un golazo en el tiempo añadido. Todo ello lo vio sentado en el banquillo Sahin, que el día que faltó Xabi Alonso no jugó un solo minuto.

El encuentro de Gijón dejó varios mensajes. El más evidente, que Mourinho considera innegociable la pareja de centrales formada por Pepe y Sergio Ramos. Y como consecuencia, que el Madrid se ha creado un problema en el lateral derecho. Descartado Ramos por Mourinho para ese puesto y lesionado Arbeloa, todo el que ocupe esa posición será un actor invitado. Si antes fueron Lass y Albiol, esta vez le tocó al portugués Coentrao, un lateral izquierdo fichado a precio de estrella y al que Mourinho trata de buscar un hueco en el equipo en varias posiciones menos en la suya. Porque Marcelo es mejor lateral que él. Junto a Di María, Coentrao formó una banda derecha totalmente de izquierdas. El portugués apenas se vio exigido en defensa y su aportación fue totalmente intrascendente.

El segundo mensaje ya se sabía, pero conviene insistir en él. Sin Xabi Alonso, las dificultades del Madrid para elaborar fútbol se hacen casi insuperables. El balón circula con menos fluidez y pasa más tiempo por la bandas que por el centro. Ahí, Marcelo gana protagonismo y peso en las maniobras ofensivas. Sus carreras por el lateral subiendo la pelota fueron frecuentes. Cuanto más se traslada el balón, menos espacio hay para la sorpresa.

Lass apareció como mediocentro, en lugar del sancionado Xabi Alonso, la brújula del Madrid. Formó pareja con Khedira, un dúo que dio equilibrio y estabilidad, pero con evidentes dificultades para construir y elaborar. Son futbolistas demasiado planos y previsibles y convierten en eso el juego del Madrid, en maniobras repetitivas que apenas sorprenden. Ningún cambio de juego nació de los mediocentros. Sin Xabi Alonso, sólo Sergio Ramos se atreve con esas maniobras.

No obstante, con lo que presentó en El Molinón, al Madrid le bastó para controlar el balón y el partido desde el inicio, por iniciativa propia y por convencimiento del Sporting, que se recogió en su propio campo, sin proponer más fútbol que intentar encontrarse con un contragolpe casual. Si embargo, el dominio absoluto del Madrid apenas se tradujo en dos ocasiones antes de pasar por los vestuarios. En la primera, a un buen disparo de Di María respondió con una parada todavía mejor Juan Pablo. En la segunda, Di María apareció por la derecha para marcar y dejar en evidencia a Damián y Juan Pablo. Le robó el balón en el lateral del área a Damián, que en una acción irresponsable intentó regatear al argentino, quien encaró a Juan Pablo y le batió con sutileza por el primer palo cuando el portero esperaba un pase. Se espabiló algo el Sporting con el gol de Di María, insuficiente para inquietar al Madrid y para creerse que su destino no estaba ya marcado.

El juego se espesó todavía más después de pasar por los vestuarios y el partido se convirtió en un cuerpo a cuerpo, en una disputa física más que futbolística. Era un día en el que no había espacio para la literatura. El Sporting adelantó algo sus líneas y mostró más atrevimiento. El Madrid pensó que el orden y la disciplina táctica le bastarían para contener al Sporting, y no se equivocó. En ataque buscó la sentencia al galope, con un pelotazo para explotar la velocidad de a Di María, Cristiano o Higuaín. Y ahí encontró el segundo gol, en un balón a Di María, que apareció por el centro y se inventó una asistencia, otra más, a Cristiano, que eludió a Juan Pablo antes de marcar. Con ese gol, Cristiano justificó su discreta presencia en el partido.

Antes, Botía había perdonado el empate con un cabezazo que no supo dirigir hacia la portería. En un partido con tan pocas ocasiones, el Madrid supo aprovechar las suyas y el Sporting malgastó las que tuvo.

Con el trabajo hecho, Mourinho movió el banquillo. Retiró a Di María y dio entrada a Albiol, que se situó como lateral derecho y envió a Coentrao hasta el centro del campo. Benzema ocupó poco después el sitio de Higuaín y Kaká reapareció y reemplazó al irregular Özil. Se vivió entonces un carrusel de ocasiones del Madrid, que fue desperdiciando una tras otras hasta que ya en el tiempo añadido Marcelo cerró la cuenta con un golazo, que nació de una acción individual.

El partido de Gijón no hubiera sido el mismo sin Iturralde, que se hizo notar, como es su costumbre, y por momentos pareció más inquieto y preocupado por lo que sucedía en los banquillos que por lo que se cocinaba en el césped. En el primer tiempo expulsó a Rui Faría, ayudante de Mourinho, y mostró amarilla a los suplentes Callejón y Bilic. En la segunda parte expulsó, con razón, por doble amarilla a Eguren, que demostró una enorme torpeza al agarrar a Cristiano delante de un árbitro que necesita pocos argumentos para desenfundar. Y el uruguayo se los dio. Iturralde está alargando en exceso sus 15 minutos de fama.

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