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Final Copa del Rey | Barcelona 0 - Real Madrid 1

El triunfo de la fuerza y la fe

Cristiano marcó en la prórroga un gol para la historia. La primera parte fue del Madrid y la segunda estuvo en manos del Barça. Intensísima final

El triunfo de la fuerza y la fe Ampliar
PRIMER MANTEO A MOURINHO. Los jugadores del Madrid, ataviados con las camisetas conmemorativas del título de Copa, mantearon a Mourinho, que tocó el cielo de Mestalla. De las 17 finales a partido único que ha disputado el técnico, es la duodécima que gana. El próximo sábado, también en Mestalla, el Valencia le hará el pasillo de honor al Madrid como campeón de Copa del Rey.

Es muy probable que anoche asistiéramos a la final del futuro, a un partido adelantado a su tiempo, a la representación extrema del poderío físico y táctico, enfrentado, de manera casi simbólica, contra la versión más sublime del juego combinativo. Venció el Madrid, el cuerpo y la fe, el sacrificio extenuante, la solidaridad y el deseo, seguramente porque no había otro modo de derrotar a un rival tan formidable como el Barça.

Habrá habido pocos campeones tan grandes como este Real Madrid porque pocos perdedores tan fabulosos habrán disputado una final. Un partido que estuvo en las manos de cada equipo y que resolvió en la prórroga la cabeza de Cristiano, aunque mejor sería decir su cuello, su tronco de secuoya y sus piernas de apolo, su cuerpo inagotable, en definitiva.

Tenso, hermoso, estresante, crispado, loco y cuerdo. Así fue la final, plagada de alternativas. La primera parte, por ejemplo, fue del Madrid, casi por completo. La diferencia con el pasado sábado es que su presión se adelantó varios metros, de modo que pasó de esperar al Barça refugiado en campo propio, como sucedió en el primer Clásico, a atacarlo ferozmente en terreno enemigo. Esa novedad, adentrar a Khedira y Pepe en el campo rival, tuvo un valioso efecto en la imagen y en el contenido. El Barcelona ya no respiraba, como en el primer asalto, sino que se sentía amenazado. Cada intento de sacar la pelota se convertía en una tarea colosal, habitualmente inacabada. No era sólo superar la primera línea con Pepe, Khedira, Cristiano y Di María. Luego estaba Xabi y a su grupa la defensa, rabiosos todos. Se advirtió muy pronto esa dificultad, el naufragio de Messi entre un mar de piernas y su resistencia a exiliarse a una banda.

Plan perfecto.

El Madrid, entretanto, disfrutaba de los planes que salen, de los exámenes que tratan sobre las lecciones bien aprendidas. Inspirado por Özil, el equipo robaba muy arriba y salía disparado, buscando las carreras de Cristiano o Di María, igual que el sábado, pero esta vez en ventaja.

Con ese panorama, la primera ocasión tenía que ser del Madrid. Özil controló en el área y su magnífico pase a Cristiano, una cuchara, casi una cucharita de café, dejó al portugués en boca de gol. Fue entonces cuando advertimos la ansiedad de Cristiano, precipitado e impreciso en ese control.

A esas alturas la final de Copa ya nos había descubierto una batalla paralela, la que libraban ambos equipos, banquillos incorporados, para intimidar al árbitro, para arrimarlo a su causa, para suplicarle el voto. Cada falta traía un alboroto de reclamaciones sobreactuadas, de acusaciones teatrales y vestiduras rasgadas. Por ratos nos dio pena Undiano, somos gente de corazón. Su situación era la de una vieja profesora, a punto de jubilarse, en una clase con adolescentes conflictivos e hiperhormonados.

Insisto: el Madrid disfrutaba de ese campo minado como si estuviera lleno de flores. Özil rozó el palo con un balón empalmado con la derecha y, acto seguido, lanzó un centro larguísimo al que Cristiano no llegó por pura falta de fe.

El alemán turquesa no se conformó con eso. Siguió asistiendo a Cristiano como si le debiera favores, si bien, su mejor pase se lo regaló a Pepe, un derechazo exquisito. El balón voló con una sonrisa y Pepe lo alcanzó como un centauro. El cabezazo fue espléndido, pero se estrelló en el poste.

El Barça salió del trance como esos boxeadores que tratan de disimular el puñetazo que les impactó en el mentón. Revolucionado. Pero impotente. Y ciego. Sus sublimes centrocampistas no podían meter un pase en profundidad porque ayer, simplemente, no había profundidad. El Real Madrid defendía en 30 metros, formando un conglomerado blanco prácticamente impenetrable.

La pregunta, asistiendo al fabuloso despliegue madridista, era si tendría fondo para seguir corriendo en la segunda parte. Lo consiguió en el primer Clásico, pero los esfuerzos se acumulan, incluso para los centauros. La siguiente cuestión era cómo reaccionaría Guardiola a ese baño físico y estratégico, cómo saldría a flote el Barça, cómo retomaría el camino hacia el país de Nunca Jamás.

Al volver del vestuario ya teníamos respuesta, o eso pensamos. El Madrid parecía cansado y el discurso de Guardiola debía haber sido brillantísimo. Porque el campo se inclinó hacia el Barcelona, que empezó a hacer el juego que le ha dado fama. De un plumazo había ocupado los metros que los pulmones del Madrid ya no podían cubrir.

Acorralado.

Las oportunidades del Barcelona se sucedieron como el repiqueteo de un pájaro carpintero. Pedro, por fin resucitado (no le negaremos más), ejecutó el primer disparo, próximo a una escuadra. Al rato le anularon un gol por un fuera de juego que fue, aunque muy ajustado. Luego se manifestó Messi, con un tiro durísimo que repelió Casillas, primer milagro. Volvió Pedro con un híbrido de vaselina que desvió Iker para completar el segundo prodigio, muy poco antes de sumar el tercero: estirada fantástica para abortar un chut de Iniesta que había nacido gol.

Esos últimos minutos fueron la angustia del Madrid y el disfrute del Barcelona, que empezó a sembrar el campo de paredes y apoyos. Sin embargo, los últimos instantes, medida todavía inferior al minuto, pertenecieron al Real Madrid. Su forma de rehacerse, incluso de acorralar al Barça hasta el pitido final resultó absolutamente conmovedora. Adebayor, relevo de Özil, inventó la jugada que acabó en Cristiano y pudo significar el primero, frustrado entre Alves y el fuera de juego. Después, en el arreón del 90', Di María la pegó con la derecha como la pegan los zurdos de tanto en cuanto, con pureza y veneno. Pinto, hasta el momento secundario, se convirtió en principal. La parada le dibujó mitad palomitero, mitad miliciano abatido, pero el guante que sacó a contra mano sólo puede calificarse de extraordinario.

Después de ese asedio, la prórroga dejó en mejor posición al Madrid. Y más temeroso al Barcelona. Cristiano, antes ligeramente fatigado, daba la sensación de estar impulsado por un aire nuevo. Y no tardó en confirmarlo. Xavi le trazó un pase que era una liebre y al velocista le dio tiempo a guisarla. El remate lamió el palo.

No iba a fallar en el segundo. Eso distingue a los genios carnívoros. Acostumbrados como estábamos a las contras frenéticas, la jugada transcurrió con cierta calma, conducida por Marcelo, que, con sólo mover los ojos, se compinchó con Di María y le devolvió el balón al hueco. La pelota partió dulce de su zurda combada, pero voló alta, tanto que exigía fuerzas para saltar. Y sólo Cristiano las tenía. Sólo él podía elevarse como lo hizo, imperial, soberbio, con tiempo para disfrutarlo todo, la visión, el gol, la foto.

Cerrojo.

El Barcelona se entregó desesperadamente a un tipo de juego que hubiera precisado de un delantero centro que no tiene, quizá un primo de Adebayor, tal vez un punta escocés. No había otra forma de asaltar el espacio aéreo del Madrid, de romper su cerrojo, su esperanza. Hasta allí no se podía llegar tiquitaqueando. Esa era la impotencia de Messi.

Al final no hubo apenas acoso del Barça, sólo gloria contenida del Madrid, tiempo para restar, años para descontar. Porque el Real Madrid ha vuelto, por fin, al lugar que menos frecuentaba. De la mano de Mourinho, con su estilo y con su fe.

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