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Liga BBVA | Atlético 1 - Real Madrid 2

El Madrid es un rodillo

Sólo Kun opuso resistencia a un rival muy superior. Benzema y Özil, goles blancos. El visitante acabó con el corazón en un puño tras el gol de Agüero.

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CAMBIO, GESTO E INSULTOS. En el minuto 71 de partido Mourinho decidió sustuir a Cristiano. La grada despidió al delantero portugués al grito de "Cristiano, muérete". El jugador respondió a la reacción de la afición del Vicente Calderón con una leve sonrisa y haciendo gestos con las manos solicitando que le increparan más. Acto seguido, los insultos de la grada hacia el astro se incrementaron.

Intenso, conmovedor, apasionado, inmenso y, en los algunos minutos, los primeros y los últimos, emocionante. Así fue el derbi. Agotador hasta para los que no sudaron una gota. Glorioso para el Madrid, porque agiganta su leyenda en estas afrentas, y honorable para el Atlético, al que quedó el placer final de sentir el miedo ajeno, que algo es algo y, contra el Madrid, eso ya es mucho.

Quien lo desee podrá hallar motivos para la esperanza. El visitante sigue enganchado a la Liga y su persecución empieza a ser obsesiva. No debe resultar cómodo sentir en la espalda ese aliento de dragón. Para el anfitrión queda el consuelo, mínimo, de haber recortado un metro de los mil que todavía le separan del rico vecino.

Pero vayamos al partido. Ahora es fácil decirlo, pero sospecho que el Atlético no hizo un planteamiento realista del asunto. Se lanzó a por la victoria con los ojos cerrados, el sable apuntando a Cibeles y los caballos al galope, poniendo en bandeja del rival su recurso favorito: el contragolpe. Con ese panorama, cada balón que robó el Madrid le colocó en situación de ventaja, campo por delante y futbolistas a la carrera.

En contra de lo esperado, el trivote siderúrgico no perjudicó esas acciones. Al contrario, incluso las jaleó. Khedira se incorporó al ataque con ánimo inusitado, hasta el punto de disponer de varias ocasiones. Jamás le habíamos visto en un papel con línea. Y sabe hablar.

El entrenador tiene mucha culpa de que el equipo haya ganado esos cuatro metros que distinguen a los equipos normales de los extraordinarios. También le pertenece el espíritu, la presión, la voracidad. Valores salvajes cuando se rodean de micrófonos, pero gratificantes si se ponen sobre el césped.

Diferencia. De manera que el partido se dividió entre un grupo de comanches románticos y un frío comando de élite. Flechas contra balas. Las anotaciones en la libreta son contundentes: antes del primer gol, el Madrid ya había sumado cuatro ocasiones de cierta relevancia. Así que no fue una sorpresa cuando marcó Benzema. Khedira le mandó un balón a la espalda de los centrales y el francés culminó con un gesto exquisito, de esos que precisan un tobillo medio dislocado.

Para el Atlético ya no había marcha atrás. La locura era la única solución y el equipo se agarró a su palanca de emergencia: Kun Agüero. Siempre que le encontró el balón, sufrió el Madrid. Todas sus intervenciones fueron de mérito. Encaró a Pepe en el área, le ganó en velocidad (mención honorífica) y se tropezó con Casillas. Al rato disparó raso y la desvió Casillas. Casillas, Casillas, Casillas. Contra Reyes, contra Godín, contra todos. Por alto y por bajo, de lejos y a quemarropa. Se entiende la desesperación del Atlético. Casillas es un muro en la cima del Everest. Una crueldad intolerable.

Fueron casi 20 minutos de dignísimos intentos. Pero suicidas. Al Madrid se le abrían mil caminos y por uno se tenía que colar. Esta vez fue una contra acompañada de mil hombres, esa impresión dio. El visitante se desplegó por la derecha y desde allí centró Benzema. Hubiera sido gol de no ser porque Cristiano fue derribado por Ujfalusi. Penalti claro. La jugada prosiguió por la banda izquierda. Por ese flanco apareció Marcelo para recordarnos su promiscua relación con las musas. Amagó, ganó la línea de fondo y asistió a Özil, que marcó con delicadeza. Hasta media docena de madridistas habían acompañado la jugada. Aquello más que una incursión era un asentamiento.

Cristiano. Llegados a este punto, toca detenerse en Cristiano. Tal fue su entrega y su arrojo, que nadie hubiera dicho que su titularidad se decidió por la mañana, en la última prueba física. Recibió incontables faltas, bastantes duras, y, cuando no fue para que protestar el penalti, se levantó sin un reproche al contrario, como si asumiera que todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida. Igual que se le critican los gestos (ayer se equivocó al dirigirse al público cuando fue insultado), es de justicia reconocerle su ejemplar deportividad en otros lances.

Al margen de ese detalle, Cristiano nos repitió los pros y los contras de su desmedida ambición: tirarlo todo, jugarlo todo, ganarlo todo. Más pendiente de su jugada que de la jugada del equipo, Cristiano volvió a pecar de egoísta, pero es tal el destrozo que causa en los equipos contrarios que casi todo se le perdona.

Entre un paisaje de comanches caídos, Kun lo siguió intentando. Marcelo le robó un balón con el que ya apuntaba a Casillas y cuando ambos se encararon para citarse fuera hicimos la foto de dos genios. También nos vino a la mente el proverbio africano que tanto anima a los bajitos: "Muchos gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo".

Eso estuvo a punto de conseguir Agüero. El Madrid levantó el pie porque imposible vivir permanente enamorado o entusiasmado (por eso no hay novio perfecto que dure seis meses), y el Atlético aprovechó para recuperar la autoestima. Nada más empezar la segunda mitad, Kun se plantó de nuevo frente a Casillas. En esta oportunidad con medio segundo para pensar, una eternidad. Tampoco. Casillas le adivinó el tiro como si hubieran sido compañeros de pupitre, potrero y aventuras. Y no lo fueron: Móstoles aún no llega hasta Buenos Aires.

Cambiaron los equipos con la seguridad de que nada cambiaría. Se retiraron Benzema y Cristiano (por Adebayor y Di María), y entraron Koke y Diego Costa (por Elías y Forlán). El efecto fue positivo para el Atlético porque el Madrid no se reactivó; pese a todo, Adebayor rozó el gol de aquella manera tan suya, entre la torpeza absoluta y la genialidad relativa.

Gol. Agüero marcó a cinco minutos del final. El gol demostró a los niños que existe recompensa para quien se esfuerza, aunque no sirva para pagar todas las deudas. Koke le entendió los planes y le sirvió de pared. Lo demás fue talento y estadística. De vez en cuando, Casillas recibe un gol.

El tiempo que quedó, con tres minutos de añadido, rescató al Calderón de la canción protesta y puso el corazón del Madrid en un puño. No se registró ninguna ocasión verdadera, pero con la sensación fue suficiente para que el partido terminara en lo alto. Y no merecía otra cosa.

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