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champions league | barcelona 2 - rubin kazan 0

La Masía se venga del Rubin

Partido sin historia: un Barcelona lleno de suplentes no brilló sin nada en juego y un Rubin Kazan mezquino y robótico murió sin quemar sus naves. Marcaron Fontás y Víctor Vázquez.

En el más intrascendente y soporífero de los cuatro enfrentamientos el Barcelona se quitó por fin de encima al Rubin Kazan, que presumía de ser la kriptonita tártara del equipo de Guardiola. Sin nada del romanticismo que inspiran las orillas del Volga, a golpe de fútbol parido en las estepas y el frío, el equipo ruso había congestionado tres veces en tres partidos al Barcelona. La mezcla indigesta de un sistema defensivo atroz, una dosis de suerte, un puñado de méritos y algunos deméritos en clave azulgrana y la estrella del tasbith (rosario musulmán) de Berdiyev. Dos empates, una victoria, la virtud (nada estética o romántica pero innegable) de enviar el talento del rival a un agujero negro; Y a la cuarta, la derrota.

Y en esa derrota hay algo de justicia divina, de castigo sumarísimo para un equipo robótico que no enseñó nada nuevo ni mostró ambición alguna en el día en el que se jugaba sus opciones de segunda plaza. Y eso convierte lo robótico en mezquino. Quizá porque su liga ha terminado y el pico de forma no es el óptimo. Quizá porque lo fiaba todo al favor del Panathinaikos o a la acción aislada, la contra milagrosa y el tasbith de Berdiyev. La tercera plaza hace justicia a un equipo tan terriblemente trabajado como feo de ver, que pasa de lo estajanovista a lo pantagruélico en su concepción conservadora del juego. No es difícil que quien haya seguido este grupo sienta una empatía mayor por el Copenhague, igual de honrado y laborioso pero mucho más vivaz y generoso con sus armas de calibre limitado. Adiós Rubin Kazan. Ahora le tocará sudar tinta y hacer sudokus de infinita paciencia ofensiva al que tenga que eliminarle en la Europa League.

Lo irónico es que el Barcelona que por fin ganó al Rubin fue una versión B plagada de canteranos y meritorios. Un equipo que no se jugaba nada y que contribuyó con un ritmo mortecino y ninguna finura en zona de ataque a que la primera parte resultara un trámite doloroso y destensado en el que lo más llamativo fueron las lesiones de Bojan y Jeffren y la tarjeta amarilla que vio el guardameta Ryzhikov por perder tiempo. A los 23 minutos y cuando el Copenhague todavía empataba a cero: Rubin Kazan en estado puro. Una alineación que podría ser simple anécdota era en realidad una fiesta y un mensaje. La Masía ha tocado techo (por ahora) al copar los finalistas del Balón de Oro. Sin ellos salió un equipo también plagado de canteranos. Un capítulo más de una filosofía que está alcanzando su quintaesencia, un mensaje al mundo y a todos los jóvenes: aquí tienen sitio. Una alegría para la afición y un motivo, orgullo o curiosidad, para acudir al campo o ponerse delante de la televisión en un partido sin ningún otro atractivo, venganza casi anecdótica al margen.

Precisamente y de forma inevitable los goles fueron un canto a La Masía. El primero abrió una segunda parte del Barça mucho más potable por ritmo y verticalidad ante un rival entregado y sin interés por morir matando o soñar con cábalas improbables. La heroica no forma parte del credo de un entrenador que vive de la constancia y la deconstrucción de los rivales. El primer gol lo marcó Fontás con un remate afortunado (rechace en el brazo de un rival) tras buena jugada de Thiago. El segundo lo firmó Víctor Vázquez con una buena definición tras toque sutil de Adriano. Lo más celebrado de un partido sin más historia junto al calentamiento y posterior aparición de Messi, que salió media hora para realizar un entrenamiento activo y dejar un par de slaloms marca de la casa. Gotas de magia Barça que no abundaron porque en el banquillo estaba Iniesta y en la grada Pedro, Villa, Alves o Xavi.

En una probatura o un guiño a los tiempos del Dream Team, Guardiola planteó un 3-4-3 con Busquets de libre. La cosa carburó a medias por falta de tensión y de colmillos a partir de la zona de tres cuartos y terminó cuando las lesiones obligaron al rediseño hacia un dibujo más habitual. De los jóvenes, y en un partido no demasiado idóneo para sacar conclusiones, lo mejor fue el aspecto de central made in Barça de Fontás, los detalles de discontinua calidad de Thiago o el descaro de Víctor Vázquez. Jonathan, mareado por los cambios de posición, enseñó menos.

El segundo tiempo puso un poco de maquillaje a un partido intrascendente que da al Barcelona de Guardiola su máximo en liguilla: 14 puntos. Tres años de Pep y tres lideratos de grupo. Objetivo alcanzado hace dos semanas y casi innegociable a la vista de la poca relevancia de los rivales. Con todo conseguido y casi todas las figuras descansando, quedaba una venganza con minúsculas y una ocasión para que La Masía presumiera en Europa y enseñara que hay mucho detrás de Xavi, Iniesta o Messi. Todo eso se consiguió en un partido más o un partido menos con la vista puesta en el bombo del día 17 y en las batallas de verdad que traerán los cruces, el aroma a Copa de Europa de verdad. Una pelea por la gloria que desde luego ni alcanzó ni mereció el Rubin Kazan, al que no le bastó esta vez el tasbith de Berdiyev.

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